Embriagándome de perfumes ajenos que invaden mi olfato en contra de mi propia voluntad, quizás un poco atenuada por el agua reinante en el húmedo aire que ha ultrajado a esta misteriosa ciudad, testigo culpable de mi inefable insolencia; envuelto me encuentro por esta danza somnífera maquinada por el subterráneo mas compadrito de los cien barrios porteños, tratando de alcanzar un maldito placebo para mi libidinal ansiedad.
Permito que mis pies se encarguen de llevarme a destino, mientras mis anhelos mas perversos se adueñan de lo que queda en pié de mis aturdidos sentidos. Me dejo llevar por la marea inconciente que vuelve a cerrar un círculo vicioso llamado “jornada” y, sin vacilar, sentencio a muerte todo intento de racionalización. Me involucro en lo incesante y me arrodillo ante la vanidad.
Ilumino mi mente con pastillas para ver los rincones de lo intrínseco.
Una ventana. Miro a través de ella. Una mesa de truco me invita a pasar. Una ginebra Bols me da la bienvenida, se arrima y me ronronea que el ruido se permite de martes a viernes. Que la milonga se convierte en la reina de la cantina, que se coge a la brújula del tiempo y nos invita a ser cómplices de sus travesuras. Que las tres de la mañana te canta vale cuatro y la luz reflejada en el ancho de espada te encandila, obligándote a pestañear violentamente. Sacudo mi cerebro. Dejo de imaginar el futuro inmediato y me arrimo a la puerta. Sí. Existe un nosotros entre el sándwich de lomo ahumado (por el humo del cigarrillo) y el porrón de cerveza que transpira de tanto pensar. Me pierdo nuevamente, dejándome llevar por la sorpresa de la mano, como un niño. De repente, me encuentro paseando por las estanterías, caminando entre güisquis añejados de tantas historias contadas, de tantos libros sin prestar.
Mis sentimientos basculantes vuelcan al doblar en cada esquina, en cada calle, en cada café que me invita a pasar mostrándome los beneficios inoculantes de un café doble, noble como la noche ya prácticamente adulta. Y las palabras acuñadas se derraman sobre cada hoja de papel que se cruza por mi camino.
¡Qué la cotidianeidad siga intentando adormecer mis sentidos y doblegar mi pensar! ¡Mas no podrá pues mis divagues serán eternos; mientras la mirada de la cordura y la frescura de la locura sean hemisferios de un mismo planeta!
La vida ya no me pide que cierre los párpados y que descanse. Mañana ya no insiste con que me acueste. El mañana no existe. El mañana se viste de hoy, de ayer.
1 comment:
¿No es glorioso soñar despierto? Algunos podrán decir que es un escape, pero nosotros sabemos que es nuestra realidad.
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